Tras un largo peregrinar, las almas llegaron al filo del abismo. Una a una tomó su luz, su ofrenda.
Una larga serpiente luminosa, creada con llamas les señalo el nuevo camino: un puente colgante, roto; más viejo que lo más viejo.
Temerosas, las almas se cubrieron los ojos; unidas, cruzaban el puente, iluminando las sombras, descubriendo que el abismo no existía.
Los ángeles, corruptos, tomaban las ofrendas, las devoraban glotones, frente a todos, ensuciándose la boca, tirando los restos.
Al comer cantaban, letanías llovían por doquier.
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